El reino de las ninfas

Dejé de sentir la necesidad de dormir a los doce años, la misma edad con la que Pío tuvo su primer ataque de sueño en medio de una clase de natación sincronizada.

La monitora se la encontró flotando a la deriva, cabeza abajo, con las trenzas rubias ondeando lánguidamente a cada lado del cuello. Ese día Pío llevaba su bañador azul marino con una estrella de adorno en el tirante izquierdo.

En aquellas piscinas climatizada no solía ahogarse nadie, de modo que al socorrista, cuya labor solamente consistía en reñir a los chavales por correr y tirarse de cabeza (las piscinas eran tan profundas como un charco), le costó reaccionar: la sacó y la tumbó boca arriba tan rápido como pudo, y luego le hizo el boca a boca (un primer beso que Pío recordaría con pesar para el resto de su vida) hasta que la niña escupió todo el agua que tenía en los pulmones.

Pío tenía un don para dormirse sin ton ni son. Daba igual si era en casa, en la escuela o en el supermercado durante la Feria Anual de Alimentos Internacionales; el sueño, una bruma espesa y calentita, se revelaba ante ella como un fantasma maravilloso y funesto, y entonces se dormía. En una ocasión se desplomó como una morcilla patatera en mitad de la calle y tuvieron que darle cinco puntos en la cabeza: una buena avería.

Para que no volviera a hacerse daño nunca más, su madre, una mujer en continuo estado de desesperación, le puso un casco.

— Si voy con esto a clase se van a reír de mí — protestó Pío. Era un casco de obrero de plastico azul, muy resistente.

— No dejaré que lo hagan — dijo su madre.

Sin embargo, sus compañeros de clase, comenzaron, en efecto, a reírse de ella, y su madre no pudo evitar que siguieran haciéndolo a lo largo de seis años. Los niños podían llegar a ser seres incansablemente crueles.

En secundaria Pío dejó de usar el casco de obra (la popularidad de una adolescente es mucho más importante que su integridad) y tuvo su primera relación sexual. El chico se implicó a fondo, pero al asomar la cabeza de entre sus piernas, la vio roncando y se sintió un imbécil.

Cuando comenzó a estudiar en la universidad las cosas se complicaron aún más: para llegar a la facultad debía coger el metro, y como la oscuridad, el traqueteo y el suave murmullo mañanero siempre terminaban por adormecerla, se saltaba su parada.

Fue entonces cuando su madre decidió contratarme.

Mi nombre es Vincent, y soy centinela a tiempo completo. He trabajado como carcelero, como ascensorista, en el Palacio de Buckingham y vigilando leones en un safari. Actualmente, mi trabajo consiste en comprobar que Pío no se salta su parada y velar día y noche, llueva o haga sol, por su seguridad.

Las hadas acuáticas (Pío sigue disfrutando del cloro de piscina, aunque no nada; se queda en el bordillo con los pies a remojo, viendo ensayar a sus compañeras) no son para nada simpáticas con quienes profanan su espacio, pero a ella no parece importarle mi presencia. Suele decirme que soy como un faro humano.

Ella parece una estrella de mar, su pelo es como ese círculo irisado que aparece alrededor del Sol.

Yo soy su compañero, su sombra azul, su parte despierta. Todas las mañanas la espero en la puerta de su casa y me siento a su lado en el metro. En clase me pongo un asiento detrás de ella; si empieza a cabecear, le doy con un toquecito en la cabeza.

¡Pim! Un respingo. Al despertarse, Pío siempre pregunta, desorientada:

— ¿Me he perdido algo?

— No gran cosa — le digo — . El presidente de Turkmenistán demuestra que sigue vivo conduciendo un rally en un cráter en llamas, tres sordos planeando el atraco de un banco en lenguaje de signos son descubiertos por una cámara de seguridad.

En los viaje en metro de vuelta solemos charlar. Es cuando está más despierta.

— ¿Tú cuándo duermes, Vincent? — me pregunta.

— Yo no duermo. Llevo sin dormir desde que tengo doce años.

— ¿Por qué?

— No lo necesito, al parecer.

— ¡Ni yo! Y aún eso, me duermo, Vincent, me caigo muerta. Inevitable e impredecible, insoportable e irresistible: así es. Aaahhh… ayúdame, se me cierran los ojos.

— Tome un caramelo de café y jengibre — la trato de usted, porque desde que serví a la reina trato de usted a todo el mundo — . Le ayudará a mantenerse despierta.

Le ofrezco ositos de goma (el azúcar hace que brille en sus exámenes) y le hablo durante horas y horas mientras ella hace los deberes, para que esté entretenida:

— El espacio huele a carne quemada. Nueve mil seiscientos veinte años son diez vidas de palmera.

El metro se desliza silenciosamente bajo tierra, sobre un mar azul pálido, dividiendo el aire igual que un pájaro elefante. Pío dice que los vagones son como paréntesis. Su imagen roncando es pura placidez de espíritu, al mirarla me veo envuelto por un sopor romántico. Verla dormir es un momento de aliento entre las paradas, su rostro parece gritar: «¡soy la ninfa de esta sagrado metro, no me provoques, estoy durmiendo!»

Este es el mundo, y el mundo funciona así; no tiene por qué explicarse ni tener sentido para el recién llegado: hay personas que suben y otras que bajan, hay personas que duermen y otras que no. Yo soy un faro, mis ojos brillan. I Only Have Eyes for You.

Pío hace dos noches y dos días en la cama, y entonces me asalta el miedo, porque pienso que se ha muerto.

— He soñado que nos casábamos, Vincent — dice al despertar — . Yo llevaba mi casco de obra, tú llevabas tu gorro de Guardia Real, y juntos caminábamos del brazo hasta el altar, así — me estrecha contra su cuerpo y se pone a tararear una marcha nupcial.

Puntea las cuerdas de mi corazón, se produce un sonido extraño: bum, bum, bum. Pío se ha empeñado en que descanse, así que utiliza los métodos clásicos de una madre: me canta nanas, me acaricia el pelo. Podría protegerla toda la vida.

Es viernes. Quedan tres paradas para llegar a casa, y Pío se ha recostado contra mi hombro. Su melena rubia cae sobre mi pecho como una sábana de estrellas, desde donde estoy tengo la vista de sus pestañas, los mechones sueltos de su frente enroscándose en forma de espiral, su pendiente de perla cultivada cien por cien hipoalergénico. En ella reconozco a mi reina.

— Oye, Vicent — susurra Pío — ¿Qué pasa si un día te entra de nuevo el sueño y ya no puedes cuidar de mí?

Le digo que, por ella, haría un esfuerzo por mantenerme despierto.

— Si yo no tuviera esta habilidad de quedarme sopa en cualquier momento sería bailarina — explica Pío — . Mi profesora de sincro solía decir que tenía muy buen pointe. Mira, mira.

— Ya veo, ya.

— Yo bailarina y tú soldadito de plomo — dice, y se echa a reír.

El metro sale al exterior; la ventana de enfrente captura la infinita extensión del cielo y lo mueve deprisa ante nuestros ojos. De la misma manera que Pío vio pasar toda su vida ante ella cuando estuvo a punto de ahogarse.

Se ha hecho de noche de golpe.

— Viajar en metro es mucho más rápido y cómodo que un recorrido en carroza.

— Nunca he ido en carroza, pero estoy seguro de que sí.

— ¿Sabes qué, Vincent? Cuando estoy contigo, despierta, siento que no hay nada de malo en mí, y que los raros son ellos, porque tienen una condición que les obliga a dormir unas ocho horas ininterrumpidas cada noche.

El metro entra en un túnel y volvemos a estar a oscuras.

Cuando trabajé de ascensorista conocí a un enano que ni poniéndose de puntillas llegaba a darle al botón de su piso. Aunque mi trabajo no era darle al botón, sino a la palanca.

— Pero, ahora que lo pienso — sigue diciendo Pío — , preferiría ser como ellos, porque yo estoy siempre durmiendo y nunca estoy del todo aquí, y me salen bolsas bajo los ojos y solo me veo guapa cuando me miro en el espejo con la luz apagada.

— ¡No diga eso! — exclamo, y retengo su manita, blanca y fría como un pliego de papel, contra la mía — . Creo que usted es encantadora, una fuente de paz, tanto con los ojos abiertos como con los ojos cerrados. Es como que la miro y… no sé qué me pasa, pero me entran ganas de reír. Se lo juro. Si no se me hubiese olvidado cómo hacerlo, de verdad que lo haría; me reiría mucho, porque mirarla me pone muy feliz. Desde que no duermo, cuidarla es lo mejor que me ha pasado en la vida. Me llena de calma. Dios mío, nunca antes me he declarado a nadie de esta manera, pero creo que… creo que es amor lo que me aflige cuando la miro — confieso — . Un momento, ¿Pío?

Pero ella ya está dormida.

me gusta leer, pintar y escribir :)

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